Seminario ILEC - Santiago
de Chile - del 09 al 11 de octubre 2002
Los valores y Principios del
Laicismo.
Philippe Grollet
Presidente del Centro de
Acción Laica de Bélgica
Una
palabra, dos aspectos
El laicismo que reivindicamos incluye dos aspectos :
- el primero, concierne la organización del Estado, es el laicismo
político,
- el segundo, depende de la concepción de la vida.
El laicismo de la sociedad
El Estado laico es aquel que realiza una separación efectiva entre el
espacio público y sus instituciones (que contituyen el patrimonio común) y
las iglesias y convicciones religiosas o filosóficas diversas (que
pertenecen a la esfera privada de los ciudadanos). Este es lo único válido
para garantizar la igualdad de los ciudadanos, cualquiera sean sus
convicciones, y la imparcialidad del poder en esta materia. El es el solo
garante de una entera libertad de conciencia, de una liberdad de
pensamiento ... y de religión. De esto se deriva que la defensa del
principio del Estado Laico y de los poderes públicos, no es solo
patrimonio de los agnósticos y de los ateos porque a decir verdad, no hay
libertad de religión fuera del Estado Laico.
Desde que el Estado se califica explícitamente o implícitamente de
católico, de islámico, de cristiano, de judío o de todo que se quiera (lo
que vale también para la apropiación atea del estado que resultaría tan
anti-laico como el Estado teocrático), él reduce a la categoría de
subciudadanos a todas las minorías que no profesan la religión oficial ...
e incluso aquellos que, perteneciendo totalmente a la religión
mayoritaria, pretenden defender un punto de vista marginal o disidente.
En realidad ninguna democracia es posible sin laicismo político y esta
exigencia es común a todos los demócratas sean o no libre pensadores,
cristianos, musulmanes, israelitas.
En este sentido, el laicismo no es un subgrupo de la sociedad a quién
convendría “reconocer” al mismo título que los otros subgrupos que son los
católicos, los protestantes, los musulmanes, ... sino un principio de
organización de la cosa pública fundado sobre una visión universal de la
sociedad.
El laicismo de los individuos
Pero en otro sentido, la misma palabra “laicismo” apunta no solamente a
una exigencia de imparcialidad y de perfecta independencia de los poderes
públicos respecto de las convicciones religiosas o filosóficas, sino que
también a una concepción de vida cuyos fundamentos no confesionales son
ajenos a toda referencia divina, sobrenatural o trascendente.
Este segundo sentido es a la vez más exterso (puesto que implica más que
una “simple” exigencia de separación del Estado de las iglesias) y más
estrecho (ya que el Estado no tiene como misión involucrar la totalidad de
los ciudadanos, a menos de considerar estúpidamente que el aforinsmo
nietzscheano “Dios está muerto”, sería un paso para conquistar en un plazo
breve la generalidad de nuestros contemporáneos”.
Es con esta última acepción que utilizamos el término “laico” cuando
nosotros nos definimos a título individual o cuando nos reconocemos como
comunidad filosófica no confesional. Esta concepción de vida, implica no
solamente la emancipación respecto a nuestras tradiciones religiosas y de
sus arcaísmos, sino especialmente la adhesión a un conjunto de valores
positivos : humanismo, libre examen, alteridad, conquista de la
ciudadanía, emancipación, autonomía, búsqueda de la felicitad,
rehabilitación del placer, capacidad de rebelión, exigencia de justicia
... con los cuales tentamos de construir una ética ajena a toda referencia
trascendente.
Examinemos estos valores positivos más en detalle.
El libre examen
El libre examen no es solo un método que consistiría en someter a debate y
a la crítica todas las ideas o enseñanzas. También es un valor que afirma
el derecho a la absoluta libertad de conciencia, el derecho a la libertad
de expresión y el deber del análisis crítico.
Recordemos que al comienzo el libre examen implica el rechazo del dogma y
de todo argumento de autoridad. Es en nombre de este principio que Martín
Lutero, que es en ciewrto modo ssu inventor, pretendía interpretar
libremente “la palabra divina” y prosiguiendo su lógica hasta el fin fue
el primero en el mundo a instaurar en la República de Ginebra, la
instrucción pública.
La instrucci ón pública gratuita y obligatoria, cuatro siglos antes que en
Francia para permitir a cada cristiano de descubrir por sí mismo el
evangelio, mientras que los cardenales, al mismo tiempo, ponían en guarda
al papa del peligro que representaba permitir al pueblo de Dios, descubrir
por sí mismo las escrituras. La verdad histórica obliga a recordar que el
mismo Lutero a su vez, condujo a la hoguera a sus propios adversarios, por
lo que el libre examen no era ilimitado en su propio espíritu.
Evidentemente el libre examen moderno extiende su campo de investigación a
todas las materias, incluso aquellas que pretenden reivindicar su
legitimidad en las mismas escrituras.
Pero el libre examen aparece como la reivindicación de un derecho, él
encierra sobre todo un compromiso, aquel de cuestionar sus propias
certitudes y sus propios esquemas de pensamiento, las ideas recibidas y
comunmente aeptadas siendo los más perniciosos obstáculos para un
pensamiento libre.
Adherir al principio del libre examen es entonces asumir una
responsabilidad : la de desarrollar nuestra reflexión crítica personal y
la de garantizar a los otros, el mismo derecho.
El principio del libre examen implica en conseuencia crear, en todo cuanto
sea posible, las condiciones materiales necesarias al ejercicio efectivo
de la libertad de pensamiento y de su expresión.
Ewl principio de libre examen conduce a una disciplina de vida y acción
tendientes a la emancipación individual y colectiva del ser humano frente
a toda forma de dependencia, de discriminación, de clericalismo (este
último definido como la apropiación exclusiva y organizada de una parte
del saber o del poder de la colectividad en beneficio exclusivo del
clero). Es decir, que el principio del libre examen conduce a tomas de
posición concretas : en efecto, del momentom en que se reclama el derecho
a la libertad de conciencia, no se puede permanecer insensible a la
represión de la cual ella es cotidianamente el objeto, y de la cual no
tardaríamos en ser cómplices a fuerza de querer salvaguardar una
pretendida neutralidad.
Neutralidad imposible frente a las veleidades clericales de ingerencia de
las autoridades religiosas en la conducción del estado y de instauración
de una moral obligatoria e intolerante.
Neutralidad imposible ante la dictadura y el fascismo que preconizan el
orden por el orden, que sacralizan la jerarquía, niegan el derecho a la
crítica y al inconformismo.
Neutralidad imposible ante la dependencia económica, el desarrollo
creciente del abismo creciente entre países ricos y países pobres, de lo
que resulta la dependencia política y cultural de los desfavorecidos.
Neutralidad e indiferencia imposibles frente a los problemas de la
educación, la cultura y la sociedad.
Es así que el libre examen desemboca en la política (en el sentido
relativo a la cosa pública) sin jamás aceptar la sumisión a un partido o
el enrolamiento obligatorio a una u otra capilla, porque nos incumbe a
cada uno de dar a su compromiso las implicaciones pragmáticas que le dicte
su propia conciencia y su análisis personal y crítico.
La alteridad
Es el reconocimiento del otro por sus diferencias. Es un valor esencial
del laicismo que privilegia el mestizaje de culturas como fuente de
enriquecimiento y de paz. Evidentemente, la diferencia no es un valor en
si mismo. Hay diferencias inaceptables, en particular, aquellas que
precisamente tienenpor objeto o por consecuencia de negar al otro su
propio derecho a la diferencia. La práctica de la “infibulación” puede muy
bien ser una práctica ligada a la identidad cultural de algunos pueblos,
sin embargo, la práctica de esta mutilación es inaceptable, incluso si
como se pretende, ella se realiza con el consentimiento de las mujeres que
la sufren.
La alteridad es un valor que coloca al hombre y a la mujer tal como son,
en tanto primer sujeto del derecho. Es en nombre de la alteridad que el
laicismo combate todas las discriminaciones, auqellas que golpean aquí o
allá a las minorías religiosas, filosóficas, étnicas, culturales, los
extranjeros, los homosexuales y lesbianas, y todos aquellos que tenemos
tendencia a coonfinar en sus ghettos porque no caben dentro de las normas,
o aquellos cuya edad, defectos o características propias los ponen al
margen.
La tolerancia
La tolerancia atraviesa evidentemente el libre examen y la alteridad que
acabo de evocar. La tolerancia es el respeto de las personas en tanto
indivíduos portadores de ideas, de creencias y convicciones.
Pero contrariamente a un recurso tan generalizado como falsario, la
tolerancia no exige necesariamente el respeto de las ideas. Las ideas no
nacen para ser respetadas sino para ser debatidas y criticadas. De lo
contrario...cómo podría haber debate ? Desde luego, la tolerancia implica
un deber sincero de escucha y de patertura antes de cualquier
cuestionamiento pero ella nunca implica aceptar sistemáticamente los
peopósitos de quién quiera que sea su autor. La crítica, la polémica, el
panfleto e incluso la blasfemia, no hiern la tolerancia sino hasta el
momento en que los argumentos degeneran en abierto emplazamiento, en el
cual las personas llegan a ser el objeto de ataques injustos o de
incitaciones odiosas.
Las ideas no nacen para ser respetadas sino para ser debatidas y a veces
combatidas omo lo merecen. Porque hay ideas detestables como aquellas
inspiradas por el racismo, el clericalismo, el odio o cualquier doctrina
que desprecie la digndad humana. Libre examen, alteridad y tolerancia
conciernen el primer término, libertad, de la trilogía “Libertad,
Igualdad, Fraternidad”.
Abordemos la igualdad.
La igualdad
La igualdad de todos los hombres y mujeres. La igualdad de todos los
hombres que son hermanos en virtud de la universalidad de la especie
humana. Pero no nos equivoquemos, la igualdad (como el libre examen) no
tienen nada de platónico. Afirmar ahora y aquí, el principio de de
igualdad es evidentemente aceptar el cuestionamiento de una serie de
mecanismos que refuerzan, sin cesar, las desigualdades o la exclusión,
tanto en las relaicones Norte-Sur como en la organización social de los
países industrializados. En efecto, la igualdad como principio, se
extiende a una verdsadera igualdad de derechos concebida “in concreto”, lo
que implica la abolición de las desigualdades estructurales, y cada vez
que sea necesario, el establecimiento de medidas de regulación que a veces
entran en tensión con algunas libertades, como la “del zorro libre en el
gallinero libre”.
Con seguridad Ustedes saben que la exigencia de igualdad, en particular en
materia de sexualidad, es la constatación del déficit de representación
femenina en los organismos estatales, lo que ha llevado a algunos
legisladores europeos, es el caso de Francia y desde hace poco también de
Bélgica, a introducir en la legislación electoral, las quotas. Tanto en
Francia como en Bélgica, un gobierno electo, no puede constituirse con
ministros de un solo sexo. Ninguna lista electoral puede ser aceptada si
no presenta paridad entre hombres y mujeres en los primeros lugares de la
misma. Esta noción de quotas, hace actualmente mucho ruido y da lugar a
muchas controversias.
Con seguridad que la misma noción de quotas atenta contra el principio de
libertad pero un amplio consenso se ha formado finalmente alrededor de
esta necesidad de regulación a través de una norma, con el fin de
favorecer una igualdad que de otro modo, habría tardado mucho en
establecerse naturalmente. A tal punto los viejos atavismos persisten y el
machismo en los aparatos políticos europeos es recalcitrante.
La solidaridad
El principio de igualdad conduce naturalmente hacia aquel de la
solidaridad, lo que implica un compromiso social y político para
transformar las consideraciones de principio en modalidades de acción.
Esta solidaridad se distingue de la caridad de antaño cuya consonancia
paternalista es inaceptable. La solidaridad, al contrario de la caridad,
no es el deber del “rico” en relación al “pobre”: ella cocierne a todo el
mundo y comprende una dimensión esencial de reciprocidad. El motor de la
solidaridad no es la bondad sino la exigencia de justicia.
La capacidad de rebelión
La capacidad de rebelión es aquella que rechaza aceptar el orden
establecido cuando este es injusto, ella rechaza aceptar el sufrimiento
como una fatalidad , rechaza aceptar la injusticia como algo “normal”,
rechaza el sometimiento a la tradición cuando esta ha perdido su sentido,
o la autoridad cuando es corrupta o arbitraria, e incluso la ley cuando
ésta es inicua.
La capacidad (me atrevo a decir el deber) de rebelión, no implica
necesariamente el uso de la violencia, aún cuando (tregua de angelismo)
hay a veces circunstancias extremas que no se resuelven necesariamente por
la protesta, la meditación ni la encantación. Pero conocemos demasiado
bien los efectos de la violencia, sus vicios intrínsecos, y por el
contrario, la potente eficacia de las acciones no-violentas, para preferir
siempre estas últimas hasta sus últimos límites posibles...
La autonomía de la persona
Cualquiera sea la dimensión social del indivíduo, es el hombre como
entidad lo que nos interesa. Es su autonomía lo que buscamos como laicos,
incluso si no es la vía más simple y si al sentir de algunos el camino más
eficaz sería el de decidir en su lugar (pero en función de qué criterios ?
) La ibertad respecto a la cual la autonomía no es más que una de sus
modalidades, no es un estado. No se nace libre. Por otra parte, no se es
nunca libre. La libertad se conquista. La autonomía es una acción, un
ideal. Como todo principio, ella es necesariamente relativa.
La conquista de la ciudadanía
La conquista de la ciudadanía es, en el plano de las relaciones sociales,
lo que la conquista de la autonomía es a la acción individual. La
ciudadanía tampoco es algo adquirido. Es un estado de espíritu y una
disciplina de vida que consiste en asumir su parte de responsabilidad en
la gestión de la sociedad en sus diversas escalas : la célula familiar, el
círculo de amigos, la red asociativa, la emortesa, la cmunidad, el espacio
público municipal, nacional...y mundial! Al igual que el libre examen, la
ciudadanía es mucho más que un derecho, o una reivindicación a confirmar,
es una responsabilidad a asumir.
La búsqueda de la felicidad
No tengamos temor de decir que la búsqueda de la felicidad es también un
valor laico. Finalmente la felicidad no es también el fin último de la
filosofía ? Evidentemente, la felicidad del filósofo no se realizaría
jamás sobre la pérdida de sus semejantes. No se puede ser verdaderamente
feliz solo consigo mismo, ni menos aún a pesar de los otros. Sin duda
oraue la estima de los otros, la autoestima, sino el amor de los otros y
el amor de sí mismo, son componentes esenciales de dicha felicidad.
La búsqueda de la felicidad, elevada al rango de valor, implica desde
luego, la rehabilitación del placer durante tanto tiempo descalificado,
vergonzante o despreciado, sobre todo en su componente sexual, como si la
dimensi 2n sexual no formara parte esencial de la naturaleza humana, y
como si el erotismo no fuera el más potente motor del arte y la cultura.
He aquí, Señoras y Señores, los valores ricos de contenido, ricos de
exigencias también. He aquí los valores que se conjugan y nos llevan a la
trilogía de las luces : libertad, igualdad, fraternidad. Valores que se
expresan en términos de derecho, pero también (y principalmente) en
términos de deber y compromiso. No hace mucho era, sin embargo, de buen
tono afirmar que no había moral posible sin dios. Sin querer ser
inutilmente polémico, pienso que ql contrario que la evacuación de lo
divino como fuente de la moral no hace otra cosa que reforzar
prodigiosamente las exigencias éticas.
El laicismo que se define positivamente por los valores que acabamos de
abordar es una concepción de la vida. En todo caso, no es una “religión en
el vacío”, porque, lejos de limitarse a un simple reencuentro ateo o
agnóstico (al que podrían también suscribir los nazis!) ella encierra
esencialmente un imperativo humanista y una dimensión ética. En una
palabra, una preocupación sobre en sentido que podemos dar a nuestra
existencia y a nuestra acción; no entendidas como la búsqueda de un ser
pretendidamente preexistente y abstracto (divino ?). Sino como la
construcción laboriosa de nuestro propio destino (jamás demasiado humano).
Este laicismo depende de una espiritualidad humanista, al límite,
consistente en una “reconsideración idealista de lo religioso”criticado
por algunos, o una concepción esencialmente materialista. El debate queda
abierto y fecundo y yo no pienso, por otra parte, que pueda ser
definitivamente zanjado.
Lo que es en todo caso cierto, es que el laicismo, en tanto que concepción
filosófica no confesional, no es susceptible de “institucionalización”
porque evidentemente los hombres y mujeres que comparten con nosotros la
misma exigencia de democracia política y de pluralismo, no comparten
forzosamente todos nuestros valores y en todo caso tienen una visión
diferente (confesional) del fundamento de estos valores. Pero nosotros
exigimos que esta concepción de vida sea “reconocida” tan legítimamente
como las concepciones inspiradas por tal o tal fe religiosa y que los
laicos (ateos, agnósticos, libre pensadores, materialistas, ...). Se
beneficien como ciudadanos completos, gozando de las mismas ventjas y
derechos que los ciudadanos de convicciones confesionales.
La reivindicación de una sociedad laica y la defensa de una ética personal
no confesional son complementarias
Resulta entonces importante, la pena de multiplicar los malentendidos, de
cada vez distinguir de que “laicismo” se habla, es decir, de una parte el
laicismo institucional que exige la imparcialidad de los poderes públicos
respecto de las concepciones filosóficas y religiosas que dependen
estrictamente de la esfera privada, y de otra parte, el laicismo de
valores o de convicciones que supone el derecho de los libre pensadores,
de los ateos, de los agósticos y de los humanistas materialistas, a
confirmarse como tales y a hacer escuchar su voz alta y claramente sobre
sus puntos de vista filosóficos y éticos, así como el sentido que ellos
pueden dar a su existencia y a su concepción de vida.
Pero esta distinción semántica, no puede derivarse por un camino
falsificador pues habría entonces contradicción y oposición de escuela
entre de un lado, “laicos” que reclaman un espacio público tan ancho como
posible y que exigen que este espacio público quede institucionalmente
indiferente a las convicciones filosóficas y religiosas de cada uno, y de
otro lado, “laicos” que se confirman libre pensadores, ateos o
marerialistas y que exigen, en tanto que tales, el derecho de participar
en el debate ciudadano dotándose de la organización requerida para hacerse
escuchar, al mismo título que otras comunidades o grupos de intereses
políticos, sociales, filisóficos, culturales o religiosos.
En realidad estos compromisos son totalmente complementarios. Y en lo que
le concierne, el Centro de Acción Laica los considera hasta indisociables.
Laicismo “abierto” o comunidad filosófica no confesional : un falso
dilema
El ideal de laicización de la sociedad es por definición un ideal de
universalidad, puesto que se trata de reconocer a todos los ciudadanos los
mismos derechos y deberes (universales), sin tener en cuenta sus
singularidades y las comunidades filosóficas o religiosas (entre otras
cosas, por ejemplo) de donde ellos podrían exigir algo.
El laicismo político es por definición abierto. El no excluye a nadie,
salvo a los partidarios de la exclusión.
Es a la construcción de este laicismo político que se consagra un cierto
número de asociaciones laicas por el mundo.
Ciertamente es el caso de las asociaciones que defienden la escuela
pública. Es también el caso (entre otros ejemplos) de los centros laicos
de planning familiar que lejos de ser reservados a los libres pensadores,
están abiertos (con un espíritu de real tolerancia) a toda persona
interesada y, que por otra parte, son ampliamente frecuentados por
creyentes de diversas confesiones que ahí buscan un contacto no dogmático
a sus dificultades.
Pero al mismo tiempo, otras asociaciones laicas, y a veces las mismas
asociaciones, militan por un “reconocimiento” o por una “afirmación” del
pensamiento libre en tanto que, corriente de ideas entre otras. Es
seguramente el caso de asociaciones de promoción de la moral laica o de
casas del laicismo que en Bélgica animan la vida comunitaria local de los
libre pensadores (el carácter comunitario de su acción no significa en la
ocurrencia, en nada, a un repliegue sobre si smismo o a un rechazo de
abertura, sino que el contrario, es el testimonio de una inquietud de
construcción de identidad para mejor aprender el reencuentro con los
otros).
En lo que respecta particularmente el CAL, se observará que su vocación si
inscribe enteramente y al mismo tiempo en la institución y en la defensa
de una sociedad laica (separación de la Iglesia y del Estado,
imparcialidad de poderes públicos con relación a las concepciones
filosóficas y religiosas, defensa de la escuela pública, ...), en el
reconicimiento de una “comunidad laica”, (comunidad no confesional de
agnósticos y de ateos humanistas) y por una igualdad total de derechos
entre las diversas comunidades filosóficas. Me parece que esta esta
observación es también de aplicación al ILEC, pero es evidentemente a
ustedes de precisarlo.
Las relaciones “laicos-creyentes”
¿ Por qué interrogarnos sobre nuestras relaciones con los creyentes ?
Todo el interés de esta interrogación reside en la obligación que ella nos
plantea de definirnos más claramente frente a los otros ... y a nosotros
mismos.
Quien jamás se haya sentido negado o excluido debido a que su manera de
pensar o de vivir no estaba conforme con la regla generalmente admitida,
tiene, sin duda, dificultades a concebir el por qué de la acción laica.
Aquellas o aquellos a los cuales los azares de la existencia los han hecho
tomar parte en una acción concreta en los dominios de la educación, del
social, de la ética o de la asistencia moral, y que han chocado contra el
muro de los prejuicios, pueden encontrar absurdo el debatir teóricamente
de laicismo.
La diversidad de las iniciativas de asociaciones laicas, la multitud de
opiniones, la pluralidad de sensibilidades que nos animan, no puede - por
el contrario - dispensarnos de clarificar lo que nosotros tenemos en común
y lo que, en una palabra, nos define en nuestra calidad de laicos.
Esta preocupación es tanto mas necesaria que no podemos evidentemente
sentirnos satisfechos de un contacto negativo que nos reduciría sólo a una
“formaciòn” heteróclita de los “anti” (antirreligiosos, anticlericales) o
de los “sin” (no católicos, no protestantes, no musulmanes).
La reflexiones más recientes sobre el laicismo y sus valores, al menos, el
mérito de poder el acento sobre evidencia de que el laicismo se define
positivamente por sus valores que implican compromisos “pro” derechos del
hombre, participación, emancipación o “anti” fascismo, clericalismo, anti
integrismo, exclusión, pero que no pueden evidentemente ser reducidos a la
proyección “vacia, insustancial” de un esquema religioso, cualquiera que
sea ... estando de acuerdo que para los laicos el fundamento de los
valores no se buscan en lo divino sino exclusivamente en el hombre.
Reconocido est punto sin contestación, una cuestión de principio se
desprende y debemos exponerla.
Supongamos que tal o tal, definiéndose como cristiano, musulmán, israelita
o perteneciendo a tal religión, presentándose con toda buen fe a compartir
nuestros valores, comprendido aquel del libre examen (que no acepta el
argumento de autoridad y el dogma) viene a pedir su adhesión a una
asociación laica. ¿Cuál actitud adoptar? Antes que nada, hacemos notar que
correspondería a la asociación que le atañe de tomar posición y que la
situación se ha presentado y algunas veces. Esta consideración no nos
dispensa de una reflexión colectiva.
Cuando el objeto de una asociación laica se refiere esencialmente a las
institución de una sociedad laica fundada en la separación de la Iglesia
(de la iglesias) y del Estado, así que sobre la imparcialidad de los
poderes públicos por las concepciones filosóficas y religiosas, y sobre la
defensa de la escuela pública abierta a todos sin distinción, no se ve
claramente por qué, a priori, un cristiano, un musulmán o un israelita
cuya concepción democrática implicaría la adhesión sincera a nuestros
principios, no podría ser admitido en la asociación.
Pero cada vez que el objeto de la asociación incluye igualmente la defensa
de los intereses (legítimos, después de todo) de los libre pensadores en
tanto que, comunidad no confesional, sería al menos muy singular que
alguien que se calificara el mismo de confesional encontrara ahí su lugar.
Aunque éste humanista religioso comparta nuestros valores (lo que
seguramente es muy importante), es también muy verosímil que él les
atribuya un fundamento divino.
Este no es un problema abertura o de exclusión, es un simple asunto de
coherencia intelectual. Por otra parte, la cuestión es probablemente
bizantina. ¿Qué cristiano confirmado, que musulmán religioso, qué
israelita creyente, insistiría para tener su carta de miembro efectivo de
una asociación que se reclamaría de la libertad de pensamiento y reduciría
la cuestión de Dios a una simple conjetura sin consecuencias filosóficas
ni prácticas ?
En conclusión
Cuando nos decimos laicos, hacemos referencia a dos tipos de
reivindicaciones que no son contradictorias, pero que deben ser
distinguidas :
1. La institución de una sociedad laica que implica la separación de la
Iglesia (de las iglesias) y del estado, así como la imparcialidad de los
poderes públicos respecto a las concepciones filosóficas y religiosas,
como que son condiciones necesarias a toda democracia.
2. El reconocimiento de una comunidad filosófica no confesional, es decir
el reconocimiento de la igualdad de derechos y deberes de los libre
pensadores, agnósticos o ateos, que fundan sus concepciones de vida sobre
los valores del humanismo, el libre examen, la alteridad, la conquista de
la ciudadania, la emancipación, la autonomía, la búsqueda de la felicidad,
la capacidad de rebelión, la exigencia de la justicia ... con los cuales
contruimos una ética de vida, liberada de toda referencia extrahumana, es
decir una ética cuyos fundamentos (no confesionales) son ajenos a todo
principio divino o sobrenatural.
En cuanto a las relaciones a establecer entre los laicos y los creyentes
Estas relaciones deberían ser extremadamente fecundas y por otra parte
ilimitadas en cuanto al primer eje de reivindicación que no conciernen
solamnete los libre pensadores, sino también a todos los demócatas,
cualesquiera que sean sus convicciones filosóficas o religiosas.
Estas relaciones son interesantes igualmente en cuanto al segundo eje que
incluye la defensa y la promoción de los derechos de los libre pensadores,
aunque se convendrá que una asociación que funda su acción sobre una
concepción filosófica no confesional, exige de todos sus miembros un apego
sincero y leal a esta concepción que implica no solamente la adhesión a
valores positivos, sino que también el reconocimiento de un fundamento
exclusivamente humano de estos valores.
En cuanto al examen de las iglesias como organizaciones políticas
Nuestra visión sobre las iglesias en tanto que organizaciones políticas y
sociales, se quiere abierto pero muy circunspecto. Sería tonto el no
percibir las enormes tensiones y contradicciones que atraviesan una
iglesia como aquella de Roma, de no ver que hasta en su aparato de hombres
(yo habría escrito “y de mujeres”, pero en el aparato católico ellas
quedan completamente excluidas) tienen una real exigencia de “libertad de
pensamiento”, y en fin de no comprender todo el interés del diálogo. Pero
abstengámos de una tal inocencia respecto de aparatos tan profundamente
antidemocráticos y de estruturas que han cultivado tanto el paternalismo
que nos hace dudar de la posibilidad de poder presentar un día un informe
globalmente positivo de su acciùon en favor de la humanidad.
Eso mas bien contrario, no nos impide de trabajar mas que jamás con los
demùocratas de todas las convicciones, incluso con los religiosos, para
eliminar “pilares” que pesan sobre la sociedad belga pues se alimentan de
ésta mas que la sostienen, como sugiere la metáfora ... Pero no nos
metamos ahí en la trampa ordinaria que terminaría por echar de espaldas
las redes escolares, hospitalarias, asociativas y otras, de aquellos cuya
vocación es pluralista y por aquellos cuyo objetivo probado es
“misionero”.
Las otras apuestas
En efecto, el clericalismo no esta muerto. Y si él parece perder velocidad
quí y ahora en la iglesia católica, le quedan siempre bolsas
fundamentalistas e integristas. La canonización esta semana aún de l
fundador del Opus Dei, Escrivà de Balaguer y la beatificación reciente del
siniestro obispo croata Stépiniac, partidario notorio del nazismo no son
de naturaleza a reconfortarnos. Podríamos también evocar los desvíos,
ciertamente marginales, pero no menos peligrosos de sectas exteriores a
las religiones “oficiales” y evocar también las supersticiones ordinarias,
aquellas que, de la astrología a los videntes y a los curanderos de todos
los pelajes, se nutren del desconcierto de la gente ...
Pero el peligro más grande reside en los males que tienen como nombres
cada uno para sí “repliegue sobre sí mismo ?” y mercantilismo.
¿Quienes somos nosotros, los laicos? Y que significaría nuestro compromiso
si no podemos contribuir efectivamente, a pesar de otros, a esto que el
Hombre sea realmente la medida de todas las cosas. En un universo donde el
“cada uno para si” parece la regla dominante y donde todo se compra y todo
se vende resulta difícil.
Philippe Grollet, Santiago de Chile,
09 de Octobre de 2002.