Seminario ILEC - Santiago de Chile - del 09 al 11 de octubre 2002

Los valores y Principios del Laicismo.
Philippe Grollet


Presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica
 

Una palabra, dos aspectos

El laicismo que reivindicamos incluye dos aspectos :
- el primero, concierne la organización del Estado, es el laicismo político,
- el segundo, depende de la concepción de la vida.


El laicismo de la sociedad

El Estado laico es aquel que realiza una separación efectiva entre el espacio público y sus instituciones (que contituyen el patrimonio común) y las iglesias y convicciones religiosas o filosóficas diversas (que pertenecen a la esfera privada de los ciudadanos). Este es lo único válido para garantizar la igualdad de los ciudadanos, cualquiera sean sus convicciones, y la imparcialidad del poder en esta materia. El es el solo garante de una entera libertad de conciencia, de una liberdad de pensamiento ... y de religión. De esto se deriva que la defensa del principio del Estado Laico y de los poderes públicos, no es solo patrimonio de los agnósticos y de los ateos porque a decir verdad, no hay libertad de religión fuera del Estado Laico.

Desde que el Estado se califica explícitamente o implícitamente de católico, de islámico, de cristiano, de judío o de todo que se quiera (lo que vale también para la apropiación atea del estado que resultaría tan anti-laico como el Estado teocrático), él reduce a la categoría de subciudadanos a todas las minorías que no profesan la religión oficial ... e incluso aquellos que, perteneciendo totalmente a la religión mayoritaria, pretenden defender un punto de vista marginal o disidente.

En realidad ninguna democracia es posible sin laicismo político y esta exigencia es común a todos los demócratas sean o no libre pensadores, cristianos, musulmanes, israelitas.

En este sentido, el laicismo no es un subgrupo de la sociedad a quién convendría “reconocer” al mismo título que los otros subgrupos que son los católicos, los protestantes, los musulmanes, ... sino un principio de organización de la cosa pública fundado sobre una visión universal de la sociedad.


El laicismo de los individuos

Pero en otro sentido, la misma palabra “laicismo” apunta no solamente a una exigencia de imparcialidad y de perfecta independencia de los poderes públicos respecto de las convicciones religiosas o filosóficas, sino que también a una concepción de vida cuyos fundamentos no confesionales son ajenos a toda referencia divina, sobrenatural o trascendente.

Este segundo sentido es a la vez más exterso (puesto que implica más que una “simple” exigencia de separación del Estado de las iglesias) y más estrecho (ya que el Estado no tiene como misión involucrar la totalidad de los ciudadanos, a menos de considerar estúpidamente que el aforinsmo nietzscheano “Dios está muerto”, sería un paso para conquistar en un plazo breve la generalidad de nuestros contemporáneos”.

Es con esta última acepción que utilizamos el término “laico” cuando nosotros nos definimos a título individual o cuando nos reconocemos como comunidad filosófica no confesional. Esta concepción de vida, implica no solamente la emancipación respecto a nuestras tradiciones religiosas y de sus arcaísmos, sino especialmente la adhesión a un conjunto de valores positivos : humanismo, libre examen, alteridad, conquista de la ciudadanía, emancipación, autonomía, búsqueda de la felicitad, rehabilitación del placer, capacidad de rebelión, exigencia de justicia ... con los cuales tentamos de construir una ética ajena a toda referencia trascendente.

Examinemos estos valores positivos más en detalle.

El libre examen

El libre examen no es solo un método que consistiría en someter a debate y a la crítica todas las ideas o enseñanzas. También es un valor que afirma el derecho a la absoluta libertad de conciencia, el derecho a la libertad de expresión y el deber del análisis crítico.

Recordemos que al comienzo el libre examen implica el rechazo del dogma y de todo argumento de autoridad. Es en nombre de este principio que Martín Lutero, que es en ciewrto modo ssu inventor, pretendía interpretar libremente “la palabra divina” y prosiguiendo su lógica hasta el fin fue el primero en el mundo a instaurar en la República de Ginebra, la instrucción pública.

La instrucci ón pública gratuita y obligatoria, cuatro siglos antes que en Francia para permitir a cada cristiano de descubrir por sí mismo el evangelio, mientras que los cardenales, al mismo tiempo, ponían en guarda al papa del peligro que representaba permitir al pueblo de Dios, descubrir por sí mismo las escrituras. La verdad histórica obliga a recordar que el mismo Lutero a su vez, condujo a la hoguera a sus propios adversarios, por lo que el libre examen no era ilimitado en su propio espíritu.

Evidentemente el libre examen moderno extiende su campo de investigación a todas las materias, incluso aquellas que pretenden reivindicar su legitimidad en las mismas escrituras.

Pero el libre examen aparece como la reivindicación de un derecho, él encierra sobre todo un compromiso, aquel de cuestionar sus propias certitudes y sus propios esquemas de pensamiento, las ideas recibidas y comunmente aeptadas siendo los más perniciosos obstáculos para un pensamiento libre.

Adherir al principio del libre examen es entonces asumir una responsabilidad : la de desarrollar nuestra reflexión crítica personal y la de garantizar a los otros, el mismo derecho.

El principio del libre examen implica en conseuencia crear, en todo cuanto sea posible, las condiciones materiales necesarias al ejercicio efectivo de la libertad de pensamiento y de su expresión.

Ewl principio de libre examen conduce a una disciplina de vida y acción tendientes a la emancipación individual y colectiva del ser humano frente a toda forma de dependencia, de discriminación, de clericalismo (este último definido como la apropiación exclusiva y organizada de una parte del saber o del poder de la colectividad en beneficio exclusivo del clero). Es decir, que el principio del libre examen conduce a tomas de posición concretas : en efecto, del momentom en que se reclama el derecho a la libertad de conciencia, no se puede permanecer insensible a la represión de la cual ella es cotidianamente el objeto, y de la cual no tardaríamos en ser cómplices a fuerza de querer salvaguardar una pretendida neutralidad.

Neutralidad imposible frente a las veleidades clericales de ingerencia de las autoridades religiosas en la conducción del estado y de instauración de una moral obligatoria e intolerante.

Neutralidad imposible ante la dictadura y el fascismo que preconizan el orden por el orden, que sacralizan la jerarquía, niegan el derecho a la crítica y al inconformismo.

Neutralidad imposible ante la dependencia económica, el desarrollo creciente del abismo creciente entre países ricos y países pobres, de lo que resulta la dependencia política y cultural de los desfavorecidos. Neutralidad e indiferencia imposibles frente a los problemas de la educación, la cultura y la sociedad.
Es así que el libre examen desemboca en la política (en el sentido relativo a la cosa pública) sin jamás aceptar la sumisión a un partido o el enrolamiento obligatorio a una u otra capilla, porque nos incumbe a cada uno de dar a su compromiso las implicaciones pragmáticas que le dicte su propia conciencia y su análisis personal y crítico.

La alteridad

Es el reconocimiento del otro por sus diferencias. Es un valor esencial del laicismo que privilegia el mestizaje de culturas como fuente de enriquecimiento y de paz. Evidentemente, la diferencia no es un valor en si mismo. Hay diferencias inaceptables, en particular, aquellas que precisamente tienenpor objeto o por consecuencia de negar al otro su propio derecho a la diferencia. La práctica de la “infibulación” puede muy bien ser una práctica ligada a la identidad cultural de algunos pueblos, sin embargo, la práctica de esta mutilación es inaceptable, incluso si como se pretende, ella se realiza con el consentimiento de las mujeres que la sufren.

La alteridad es un valor que coloca al hombre y a la mujer tal como son, en tanto primer sujeto del derecho. Es en nombre de la alteridad que el laicismo combate todas las discriminaciones, auqellas que golpean aquí o allá a las minorías religiosas, filosóficas, étnicas, culturales, los extranjeros, los homosexuales y lesbianas, y todos aquellos que tenemos tendencia a coonfinar en sus ghettos porque no caben dentro de las normas, o aquellos cuya edad, defectos o características propias los ponen al margen.

La tolerancia

La tolerancia atraviesa evidentemente el libre examen y la alteridad que acabo de evocar. La tolerancia es el respeto de las personas en tanto indivíduos portadores de ideas, de creencias y convicciones.

Pero contrariamente a un recurso tan generalizado como falsario, la tolerancia no exige necesariamente el respeto de las ideas. Las ideas no nacen para ser respetadas sino para ser debatidas y criticadas. De lo contrario...cómo podría haber debate ? Desde luego, la tolerancia implica un deber sincero de escucha y de patertura antes de cualquier cuestionamiento pero ella nunca implica aceptar sistemáticamente los peopósitos de quién quiera que sea su autor. La crítica, la polémica, el panfleto e incluso la blasfemia, no hiern la tolerancia sino hasta el momento en que los argumentos degeneran en abierto emplazamiento, en el cual las personas llegan a ser el objeto de ataques injustos o de incitaciones odiosas.

Las ideas no nacen para ser respetadas sino para ser debatidas y a veces combatidas omo lo merecen. Porque hay ideas detestables como aquellas inspiradas por el racismo, el clericalismo, el odio o cualquier doctrina que desprecie la digndad humana. Libre examen, alteridad y tolerancia conciernen el primer término, libertad, de la trilogía “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.

Abordemos la igualdad.

La igualdad

La igualdad de todos los hombres y mujeres. La igualdad de todos los hombres que son hermanos en virtud de la universalidad de la especie humana. Pero no nos equivoquemos, la igualdad (como el libre examen) no tienen nada de platónico. Afirmar ahora y aquí, el principio de de igualdad es evidentemente aceptar el cuestionamiento de una serie de mecanismos que refuerzan, sin cesar, las desigualdades o la exclusión, tanto en las relaicones Norte-Sur como en la organización social de los países industrializados. En efecto, la igualdad como principio, se extiende a una verdsadera igualdad de derechos concebida “in concreto”, lo que implica la abolición de las desigualdades estructurales, y cada vez que sea necesario, el establecimiento de medidas de regulación que a veces entran en tensión con algunas libertades, como la “del zorro libre en el gallinero libre”.

Con seguridad Ustedes saben que la exigencia de igualdad, en particular en materia de sexualidad, es la constatación del déficit de representación femenina en los organismos estatales, lo que ha llevado a algunos legisladores europeos, es el caso de Francia y desde hace poco también de Bélgica, a introducir en la legislación electoral, las quotas. Tanto en Francia como en Bélgica, un gobierno electo, no puede constituirse con ministros de un solo sexo. Ninguna lista electoral puede ser aceptada si no presenta paridad entre hombres y mujeres en los primeros lugares de la misma. Esta noción de quotas, hace actualmente mucho ruido y da lugar a muchas controversias.

Con seguridad que la misma noción de quotas atenta contra el principio de libertad pero un amplio consenso se ha formado finalmente alrededor de esta necesidad de regulación a través de una norma, con el fin de favorecer una igualdad que de otro modo, habría tardado mucho en establecerse naturalmente. A tal punto los viejos atavismos persisten y el machismo en los aparatos políticos europeos es recalcitrante.


La solidaridad

El principio de igualdad conduce naturalmente hacia aquel de la solidaridad, lo que implica un compromiso social y político para transformar las consideraciones de principio en modalidades de acción. Esta solidaridad se distingue de la caridad de antaño cuya consonancia paternalista es inaceptable. La solidaridad, al contrario de la caridad, no es el deber del “rico” en relación al “pobre”: ella cocierne a todo el mundo y comprende una dimensión esencial de reciprocidad. El motor de la solidaridad no es la bondad sino la exigencia de justicia.


La capacidad de rebelión

La capacidad de rebelión es aquella que rechaza aceptar el orden establecido cuando este es injusto, ella rechaza aceptar el sufrimiento como una fatalidad , rechaza aceptar la injusticia como algo “normal”, rechaza el sometimiento a la tradición cuando esta ha perdido su sentido, o la autoridad cuando es corrupta o arbitraria, e incluso la ley cuando ésta es inicua.

La capacidad (me atrevo a decir el deber) de rebelión, no implica necesariamente el uso de la violencia, aún cuando (tregua de angelismo) hay a veces circunstancias extremas que no se resuelven necesariamente por la protesta, la meditación ni la encantación. Pero conocemos demasiado bien los efectos de la violencia, sus vicios intrínsecos, y por el contrario, la potente eficacia de las acciones no-violentas, para preferir siempre estas últimas hasta sus últimos límites posibles...


La autonomía de la persona

Cualquiera sea la dimensión social del indivíduo, es el hombre como entidad lo que nos interesa. Es su autonomía lo que buscamos como laicos, incluso si no es la vía más simple y si al sentir de algunos el camino más eficaz sería el de decidir en su lugar (pero en función de qué criterios ? ) La ibertad respecto a la cual la autonomía no es más que una de sus modalidades, no es un estado. No se nace libre. Por otra parte, no se es nunca libre. La libertad se conquista. La autonomía es una acción, un ideal. Como todo principio, ella es necesariamente relativa.


La conquista de la ciudadanía

La conquista de la ciudadanía es, en el plano de las relaciones sociales, lo que la conquista de la autonomía es a la acción individual. La ciudadanía tampoco es algo adquirido. Es un estado de espíritu y una disciplina de vida que consiste en asumir su parte de responsabilidad en la gestión de la sociedad en sus diversas escalas : la célula familiar, el círculo de amigos, la red asociativa, la emortesa, la cmunidad, el espacio público municipal, nacional...y mundial! Al igual que el libre examen, la ciudadanía es mucho más que un derecho, o una reivindicación a confirmar, es una responsabilidad a asumir.


La búsqueda de la felicidad

No tengamos temor de decir que la búsqueda de la felicidad es también un valor laico. Finalmente la felicidad no es también el fin último de la filosofía ? Evidentemente, la felicidad del filósofo no se realizaría jamás sobre la pérdida de sus semejantes. No se puede ser verdaderamente feliz solo consigo mismo, ni menos aún a pesar de los otros. Sin duda oraue la estima de los otros, la autoestima, sino el amor de los otros y el amor de sí mismo, son componentes esenciales de dicha felicidad.

La búsqueda de la felicidad, elevada al rango de valor, implica desde luego, la rehabilitación del placer durante tanto tiempo descalificado, vergonzante o despreciado, sobre todo en su componente sexual, como si la dimensi 2n sexual no formara parte esencial de la naturaleza humana, y como si el erotismo no fuera el más potente motor del arte y la cultura.


He aquí, Señoras y Señores, los valores ricos de contenido, ricos de exigencias también. He aquí los valores que se conjugan y nos llevan a la trilogía de las luces : libertad, igualdad, fraternidad. Valores que se expresan en términos de derecho, pero también (y principalmente) en términos de deber y compromiso. No hace mucho era, sin embargo, de buen tono afirmar que no había moral posible sin dios. Sin querer ser inutilmente polémico, pienso que ql contrario que la evacuación de lo divino como fuente de la moral no hace otra cosa que reforzar prodigiosamente las exigencias éticas.

El laicismo que se define positivamente por los valores que acabamos de abordar es una concepción de la vida. En todo caso, no es una “religión en el vacío”, porque, lejos de limitarse a un simple reencuentro ateo o agnóstico (al que podrían también suscribir los nazis!) ella encierra esencialmente un imperativo humanista y una dimensión ética. En una palabra, una preocupación sobre en sentido que podemos dar a nuestra existencia y a nuestra acción; no entendidas como la búsqueda de un ser pretendidamente preexistente y abstracto (divino ?). Sino como la construcción laboriosa de nuestro propio destino (jamás demasiado humano).

Este laicismo depende de una espiritualidad humanista, al límite, consistente en una “reconsideración idealista de lo religioso”criticado por algunos, o una concepción esencialmente materialista. El debate queda abierto y fecundo y yo no pienso, por otra parte, que pueda ser definitivamente zanjado.

Lo que es en todo caso cierto, es que el laicismo, en tanto que concepción filosófica no confesional, no es susceptible de “institucionalización” porque evidentemente los hombres y mujeres que comparten con nosotros la misma exigencia de democracia política y de pluralismo, no comparten forzosamente todos nuestros valores y en todo caso tienen una visión diferente (confesional) del fundamento de estos valores. Pero nosotros exigimos que esta concepción de vida sea “reconocida” tan legítimamente como las concepciones inspiradas por tal o tal fe religiosa y que los laicos (ateos, agnósticos, libre pensadores, materialistas, ...). Se beneficien como ciudadanos completos, gozando de las mismas ventjas y derechos que los ciudadanos de convicciones confesionales.


La reivindicación de una sociedad laica y la defensa de una ética personal no confesional son complementarias

Resulta entonces importante, la pena de multiplicar los malentendidos, de cada vez distinguir de que “laicismo” se habla, es decir, de una parte el laicismo institucional que exige la imparcialidad de los poderes públicos respecto de las concepciones filosóficas y religiosas que dependen estrictamente de la esfera privada, y de otra parte, el laicismo de valores o de convicciones que supone el derecho de los libre pensadores, de los ateos, de los agósticos y de los humanistas materialistas, a confirmarse como tales y a hacer escuchar su voz alta y claramente sobre sus puntos de vista filosóficos y éticos, así como el sentido que ellos pueden dar a su existencia y a su concepción de vida.

Pero esta distinción semántica, no puede derivarse por un camino falsificador pues habría entonces contradicción y oposición de escuela entre de un lado, “laicos” que reclaman un espacio público tan ancho como posible y que exigen que este espacio público quede institucionalmente indiferente a las convicciones filosóficas y religiosas de cada uno, y de otro lado, “laicos” que se confirman libre pensadores, ateos o marerialistas y que exigen, en tanto que tales, el derecho de participar en el debate ciudadano dotándose de la organización requerida para hacerse escuchar, al mismo título que otras comunidades o grupos de intereses políticos, sociales, filisóficos, culturales o religiosos.

En realidad estos compromisos son totalmente complementarios. Y en lo que le concierne, el Centro de Acción Laica los considera hasta indisociables.


Laicismo “abierto” o comunidad filosófica no confesional : un falso dilema

El ideal de laicización de la sociedad es por definición un ideal de universalidad, puesto que se trata de reconocer a todos los ciudadanos los mismos derechos y deberes (universales), sin tener en cuenta sus singularidades y las comunidades filosóficas o religiosas (entre otras cosas, por ejemplo) de donde ellos podrían exigir algo.

El laicismo político es por definición abierto. El no excluye a nadie, salvo a los partidarios de la exclusión.

Es a la construcción de este laicismo político que se consagra un cierto número de asociaciones laicas por el mundo.

Ciertamente es el caso de las asociaciones que defienden la escuela pública. Es también el caso (entre otros ejemplos) de los centros laicos de planning familiar que lejos de ser reservados a los libres pensadores, están abiertos (con un espíritu de real tolerancia) a toda persona interesada y, que por otra parte, son ampliamente frecuentados por creyentes de diversas confesiones que ahí buscan un contacto no dogmático a sus dificultades.

Pero al mismo tiempo, otras asociaciones laicas, y a veces las mismas asociaciones, militan por un “reconocimiento” o por una “afirmación” del pensamiento libre en tanto que, corriente de ideas entre otras. Es seguramente el caso de asociaciones de promoción de la moral laica o de casas del laicismo que en Bélgica animan la vida comunitaria local de los libre pensadores (el carácter comunitario de su acción no significa en la ocurrencia, en nada, a un repliegue sobre si smismo o a un rechazo de abertura, sino que el contrario, es el testimonio de una inquietud de construcción de identidad para mejor aprender el reencuentro con los otros).

En lo que respecta particularmente el CAL, se observará que su vocación si inscribe enteramente y al mismo tiempo en la institución y en la defensa de una sociedad laica (separación de la Iglesia y del Estado, imparcialidad de poderes públicos con relación a las concepciones filosóficas y religiosas, defensa de la escuela pública, ...), en el reconicimiento de una “comunidad laica”, (comunidad no confesional de agnósticos y de ateos humanistas) y por una igualdad total de derechos entre las diversas comunidades filosóficas. Me parece que esta esta observación es también de aplicación al ILEC, pero es evidentemente a ustedes de precisarlo.



Las relaciones “laicos-creyentes”

¿ Por qué interrogarnos sobre nuestras relaciones con los creyentes ?

Todo el interés de esta interrogación reside en la obligación que ella nos plantea de definirnos más claramente frente a los otros ... y a nosotros mismos.

Quien jamás se haya sentido negado o excluido debido a que su manera de pensar o de vivir no estaba conforme con la regla generalmente admitida, tiene, sin duda, dificultades a concebir el por qué de la acción laica.

Aquellas o aquellos a los cuales los azares de la existencia los han hecho tomar parte en una acción concreta en los dominios de la educación, del social, de la ética o de la asistencia moral, y que han chocado contra el muro de los prejuicios, pueden encontrar absurdo el debatir teóricamente de laicismo.

La diversidad de las iniciativas de asociaciones laicas, la multitud de opiniones, la pluralidad de sensibilidades que nos animan, no puede - por el contrario - dispensarnos de clarificar lo que nosotros tenemos en común y lo que, en una palabra, nos define en nuestra calidad de laicos.

Esta preocupación es tanto mas necesaria que no podemos evidentemente sentirnos satisfechos de un contacto negativo que nos reduciría sólo a una “formaciòn” heteróclita de los “anti” (antirreligiosos, anticlericales) o de los “sin” (no católicos, no protestantes, no musulmanes).

La reflexiones más recientes sobre el laicismo y sus valores, al menos, el mérito de poder el acento sobre evidencia de que el laicismo se define positivamente por sus valores que implican compromisos “pro” derechos del hombre, participación, emancipación o “anti” fascismo, clericalismo, anti integrismo, exclusión, pero que no pueden evidentemente ser reducidos a la proyección “vacia, insustancial” de un esquema religioso, cualquiera que sea ... estando de acuerdo que para los laicos el fundamento de los valores no se buscan en lo divino sino exclusivamente en el hombre.

Reconocido est punto sin contestación, una cuestión de principio se desprende y debemos exponerla.

Supongamos que tal o tal, definiéndose como cristiano, musulmán, israelita o perteneciendo a tal religión, presentándose con toda buen fe a compartir nuestros valores, comprendido aquel del libre examen (que no acepta el argumento de autoridad y el dogma) viene a pedir su adhesión a una asociación laica. ¿Cuál actitud adoptar? Antes que nada, hacemos notar que correspondería a la asociación que le atañe de tomar posición y que la situación se ha presentado y algunas veces. Esta consideración no nos dispensa de una reflexión colectiva.

Cuando el objeto de una asociación laica se refiere esencialmente a las institución de una sociedad laica fundada en la separación de la Iglesia (de la iglesias) y del Estado, así que sobre la imparcialidad de los poderes públicos por las concepciones filosóficas y religiosas, y sobre la defensa de la escuela pública abierta a todos sin distinción, no se ve claramente por qué, a priori, un cristiano, un musulmán o un israelita cuya concepción democrática implicaría la adhesión sincera a nuestros principios, no podría ser admitido en la asociación.

Pero cada vez que el objeto de la asociación incluye igualmente la defensa de los intereses (legítimos, después de todo) de los libre pensadores en tanto que, comunidad no confesional, sería al menos muy singular que alguien que se calificara el mismo de confesional encontrara ahí su lugar. Aunque éste humanista religioso comparta nuestros valores (lo que seguramente es muy importante), es también muy verosímil que él les atribuya un fundamento divino.

Este no es un problema abertura o de exclusión, es un simple asunto de coherencia intelectual. Por otra parte, la cuestión es probablemente bizantina. ¿Qué cristiano confirmado, que musulmán religioso, qué israelita creyente, insistiría para tener su carta de miembro efectivo de una asociación que se reclamaría de la libertad de pensamiento y reduciría la cuestión de Dios a una simple conjetura sin consecuencias filosóficas ni prácticas ?


En conclusión

Cuando nos decimos laicos, hacemos referencia a dos tipos de reivindicaciones que no son contradictorias, pero que deben ser distinguidas :

1. La institución de una sociedad laica que implica la separación de la Iglesia (de las iglesias) y del estado, así como la imparcialidad de los poderes públicos respecto a las concepciones filosóficas y religiosas, como que son condiciones necesarias a toda democracia.

2. El reconocimiento de una comunidad filosófica no confesional, es decir el reconocimiento de la igualdad de derechos y deberes de los libre pensadores, agnósticos o ateos, que fundan sus concepciones de vida sobre los valores del humanismo, el libre examen, la alteridad, la conquista de la ciudadania, la emancipación, la autonomía, la búsqueda de la felicidad, la capacidad de rebelión, la exigencia de la justicia ... con los cuales contruimos una ética de vida, liberada de toda referencia extrahumana, es decir una ética cuyos fundamentos (no confesionales) son ajenos a todo principio divino o sobrenatural.


En cuanto a las relaciones a establecer entre los laicos y los creyentes

Estas relaciones deberían ser extremadamente fecundas y por otra parte ilimitadas en cuanto al primer eje de reivindicación que no conciernen solamnete los libre pensadores, sino también a todos los demócatas, cualesquiera que sean sus convicciones filosóficas o religiosas.

Estas relaciones son interesantes igualmente en cuanto al segundo eje que incluye la defensa y la promoción de los derechos de los libre pensadores, aunque se convendrá que una asociación que funda su acción sobre una concepción filosófica no confesional, exige de todos sus miembros un apego sincero y leal a esta concepción que implica no solamente la adhesión a valores positivos, sino que también el reconocimiento de un fundamento exclusivamente humano de estos valores.


En cuanto al examen de las iglesias como organizaciones políticas

Nuestra visión sobre las iglesias en tanto que organizaciones políticas y sociales, se quiere abierto pero muy circunspecto. Sería tonto el no percibir las enormes tensiones y contradicciones que atraviesan una iglesia como aquella de Roma, de no ver que hasta en su aparato de hombres (yo habría escrito “y de mujeres”, pero en el aparato católico ellas quedan completamente excluidas) tienen una real exigencia de “libertad de pensamiento”, y en fin de no comprender todo el interés del diálogo. Pero abstengámos de una tal inocencia respecto de aparatos tan profundamente antidemocráticos y de estruturas que han cultivado tanto el paternalismo que nos hace dudar de la posibilidad de poder presentar un día un informe globalmente positivo de su acciùon en favor de la humanidad.

Eso mas bien contrario, no nos impide de trabajar mas que jamás con los demùocratas de todas las convicciones, incluso con los religiosos, para eliminar “pilares” que pesan sobre la sociedad belga pues se alimentan de ésta mas que la sostienen, como sugiere la metáfora ... Pero no nos metamos ahí en la trampa ordinaria que terminaría por echar de espaldas las redes escolares, hospitalarias, asociativas y otras, de aquellos cuya vocación es pluralista y por aquellos cuyo objetivo probado es “misionero”.


Las otras apuestas

En efecto, el clericalismo no esta muerto. Y si él parece perder velocidad quí y ahora en la iglesia católica, le quedan siempre bolsas fundamentalistas e integristas. La canonización esta semana aún de l fundador del Opus Dei, Escrivà de Balaguer y la beatificación reciente del siniestro obispo croata Stépiniac, partidario notorio del nazismo no son de naturaleza a reconfortarnos. Podríamos también evocar los desvíos, ciertamente marginales, pero no menos peligrosos de sectas exteriores a las religiones “oficiales” y evocar también las supersticiones ordinarias, aquellas que, de la astrología a los videntes y a los curanderos de todos los pelajes, se nutren del desconcierto de la gente ...

Pero el peligro más grande reside en los males que tienen como nombres cada uno para sí “repliegue sobre sí mismo ?” y mercantilismo.

¿Quienes somos nosotros, los laicos? Y que significaría nuestro compromiso si no podemos contribuir efectivamente, a pesar de otros, a esto que el Hombre sea realmente la medida de todas las cosas. En un universo donde el “cada uno para si” parece la regla dominante y donde todo se compra y todo se vende resulta difícil.




Philippe Grollet, Santiago de Chile, 09 de Octobre de 2002.

 

home