GRAN LOGIA DE CHILE
GRAN MAESTRÍA
UNIVERSIDAD LA REPÚBLICA
INSTITUTO LAICO DE ESTUDIOS CONTEMPORÁNEOS


CON OCASIÓN DE LA INAUGURACIÓN DEL SEMINARIO “LOS VALORES DEL LAICISMO Y SU TRANSFORMACIÓN EN PROYECTO DE ACCIÓN CONCRETA”

Agradecemos hondamente la presencia en Chile de los representantes de la Acción Laica de Bélgica, Sra Arianne Hassid y Srs. Michel Bastian, Phillippe Grollet y Luis Kerr, quienes han tenido la gentileza y se han sometido al sacrificio de efectuar un largo y agotador viaje para beneficiarnos con su conocimiento, experiencia y sabiduría respecto de la temática de la cual da cuenta el nombre de este Seminario: “Los valores del Laicismo y su transformación en proyectos de acción concreta”.
La Jornada está impulsada por el Instituto Laico de Estudios Contemporáneos y la Universidad La República, dos obras nacidas al amparo de la Gran Logia de Chile, expresión de la institución universal denominada Masonería.
La Orden Masónica en Chile se ha distinguido por su acción y su lucha en favor del Laicismo. Durante el siglo XIX en franca oposición al clericalismo y a la institución del patronato, heredada de la colonización española.
Alcanzada la separación del Estado respecto de la Iglesia, estatuida en la Constitución Política de 1925, que puso término al patronato, el trabajo se ha llevado en favor de hacer efectiva tal separación. Hubo avances hasta las primeras décadas de la segunda mitad del siglo pasado y franco retroceso durante el gobierno militar, notable es, por ejemplo, la restitución de las clases de religión en la educación básica y media.
Nosotros entendemos, fundamentalmente, el Laicismo como la doctrina que plantea la exclusión de la religión de la esfera pública obligatoria. No es una postura antireligiosa, no se trata que las religiones no puedan tener un carácter público o hacer pública su existencia, sino de excluirlas de aspectos de la vida social que deben realizar sus actividades con equidad e igualdad, sin influencia de religión alguna. El laicismo procura evitar la coacción sobre personas e instituciones para imponerles un tipo exclusivo de religión o que se imponga a la sociedad formas de acción o conducta basados en creencias o códigos éticos exclusivos de una religión.

El laicismo arranca de la propia concepción de la naturaleza humana, en la cual se encuentran algunas de las siguientes bases:
El hombre es creador de sí mismo.
El hombre es responsable de su ser y de sus actos.
El hombre interpreta los acontecimientos.
El hombre aprecia y crea valores.
Estos fundamentos se desmoronan cuando al hombre se le imponen creencias dogmáticas y se le obliga- a través de instituciones y normas positivas públicas- a ejecutar determinadas conductas o se le impide algún tipo de elección moral.
Es sabido, por otra parte, que el hombre tiene las mismas necesidades biológicas que el animal; pero el hombre ha ido más allá y debe satisfacer las llamadas necesidades típicamente humanas, las que, según algunos autores, constituyen motivos más fuertes que las propias necesidades corporales.
De entre esas necesidades hay dos que nos parecen de particular relevancia y cuya satisfacción cabal se dificulta o impide por la imposición clerical.
Una de ellas es la necesidad de Libertad, la que tiene variadas formas de manifestación o satisfacción, por ejemplo las de conciencia y de pensamiento: ellas son negadas al gravar al hombre con la carga de una sola creencia, de una sola interpretación de la vida y su acontecer y, por la negación de su libertad de examinar otras posiciones y otras formas de pensamiento.
La otra necesidad es la de conocimiento, esto es tener un esquema teórico que oriente y vincule con la realidad. Para acceder al conocimiento es necesario poder usar todos los instrumentos que el hombre ha creado para encontrarlo, ello no se hace posible cuando se niega la utilización de algunas vías que se oponen al dogma.
El esquema que se logre debe ser propio, después de la reflexión ilustrada y el pensamiento racional. Pero, la religión ya tiene ese esquema el que no se puede discutir. Además, se ha opuesto, combatido y destruido -hasta donde le ha sido posible- a toda persona, método u objeto que ha discutido o echado por tierra sus supuestas verdades infalibles.

El Laicismo está unido al tema o principio de la tolerancia, de lo que resulta la actitud activa en favor de la defensa de todas las creencias sanas y honradas en todas aquellas materias en las cuales nadie puede decir, fundadamente, que posee la verdad indesmentible, la verdad empíricamente demostrable.
Los intolerantes están convencidos que poseen la verdad y consideran que todos aquellos que piensan o se comportan diversamente se encuentran equivocados y, por lo tanto, que merecen ser eliminados ya que son considerados “enemigos y traidores” del statu quo. Tan es así que el punto crucial de las construcciones totalitarias reside en la exasperación de la idea del enemigo. Este tipo de razonamiento no es más que una expresión radical del fanatismo.
La intolerancia puede ser representada perfectamente por la figura del fanático que poseído y deslumbrado por la “verdad absoluta” busca imponerla, eliminando las ideas de los demás, ya sea mediante la persecución y la discriminación, a través del sectarismo o aprovechando las ventajas que le otorga una situación privilegiada en el poder. El fanático es quien no admite más verdad que la que él profesa y por lo tanto renuncia a la comunicación con quien es considerado -por cualquier razón- diferente en las ideas; uno de sus objetivos consiste en tratar de imponer a través de todos los medios su punto de vista, dándole, incluso, a la violencia el carácter de medio idóneo para alcanzar este particular fin. El intolerante se inspira en la voluntad de poder que anula los derechos del individuo con el cual procura establecer un tipo de relación de subordinación. Cuando le es posible recurre a la intolerancia física o a la de tipo intelectual, esta última es un tipo de coacción para impedir la libertad de expresión de otros o la igualdad de propagar sus ideas.
La más deseable sociedad es aquella en la que impera la democracia, pues ella involucra todos los principios que fundamentan los derechos humanos. La tolerancia es base del laicismo y expresión de la democracia.
La tolerancia constituye un valor ético de la democracia y en las sociedades modernas representa el mínimo consenso social necesario para que un régimen funcione de modo civilizado, renunciando expresamente al uso de la violencia para la solución de los conflictos y de las discrepancias políticas. En una democracia, la tolerancia es aceptada sobre todo como un deber ético y no sólo porque sea socialmente útil o políticamente eficaz.

El tolerante está seriamente comprometido con la defensa del derecho de cada individuo a profesar "su verdad" y, en este sentido, la tolerancia no implica en ningún modo la renuncia a las propias convicciones; al contrario, el esfuerzo común, el respeto mutuo, la voluntad de diálogo y el disenso constituyen sinónimos de la tolerancia; el tolerante se basa en el principio de la reciprocidad sobre el cual se fundamentan todas las transacciones, todos los compromisos y todos los acuerdos que pueden llevarse a cabo en el Estado democrático; estas transacciones se basan en un tipo de justicia distributiva que prevé el intercambio, entre desigualdades, de una serie de acciones en paridad. Estas relaciones de reciprocidad sirven de fundamento a cualquier tipo de convivencia pacífica y civil: "si tú me toleras, yo te tolero; si yo me atribuyo el derecho a perseguir a los otros, atribuyo a los otros el derecho a perseguirme".
En la perspectiva que estamos analizando, la "igualdad" en la que se fundamenta la tolerancia no significa solamente constricción a un trato idéntico; significa, aún más, considerar la presencia del otro, justamente en cuanto diverso, como un dato irrenunciable de la misma sociabilidad: la libertad del individuo no termina donde empieza la libertad del otro. Más bien, la libertad del otro constituye, hoy por hoy, la principal condición de la propia libertad. En una democracia, la tolerancia no es sólo la consecuencia de la garantía de unos derechos o libertades, sino que puede ser considerada como una actitud mental, es decir como un comportamiento social que reconoce, en nuestras sociedades, la función de diversas instancias de mediación que existen entre el individuo y el Estado, incluyendo los diversos mecanismos para la solución de conflictos.
Reconoce, en síntesis, la existencia de la heterogeneidad y del pluralismo en la conformación de las decisiones colectivas. En este sentido, pluralismo y democracia son consustanciales a la tolerancia, dándole a ésta un espacio para la expresión del discurso, el cual ha sido aceptado en las sociedades plurales o como un "mal menor" cuando el costo de la represión resulta mayor o como un "mal necesario" cuando no es posible eliminar el disenso, el cual, como bien se sabe, cuando es lícito resulta funcional para la democracia.

Del mismo modo en que la tolerancia constituye el fundamento ético del sistema democrático, su antítesis, la intolerancia, establece una correlación directa con el autoritarismo político. Históricamente el período posbélico nos permitió observar cómo la intolerancia se vio reflejada por el choque frontal entre dos concepciones ideológicas y políticas que se caracterizaron por su dogmatismo y por su incapacidad para comprenderse mutuamente.
Es importante precisar que el tolerante debe rechazar conscientemente la violencia como medio privilegiado para obtener el triunfo. En su significado moderno debe ser referido al problema de la convivencia entre minorías étnicas, culturales, lingüísticas,etc., es decir, debe relacionarse con el problema del diverso. La tolerancia supone el respeto de las ideas, de las costumbres, de las formas de vida, de las opciones políticas y de las religiones que no compartimos. La tolerancia significa aceptación del pluralismo humano en todas sus dimensiones. Es en esta perspectiva que importantes filósofos de la política como Michael Walzer consideran que la tolerancia, entendida como libertad de conciencia, representa mucho mejor a la democracia que cualquier otro aspecto prescriptivo o de procedimiento. Evocamos, también, la importancia que tiene en el pensamiento laico, el sentido de la moderación, contra cualquier forma de histeria colectiva en que se encarnan los nuevos fundamentalismos e integrismos y radicando en la racionalidad humana la más alta lección que se puede extraer del largo camino que la libertad ha tenido que recorrer en el pasado. Porque como sostiene Bobbio: "no se puede ser intolerante sin ser fanático".
Sabemos, y es bueno que nuestros ilustres invitados también lo sepan, que Chile junto a Malta son los únicos países del mundo que no disponen de una ley que permita el divorcio vincular, que el proyecto de ley que se ha enviado al Congreso por el gobierno, fuertemente influido y presionado por la Iglesia Católica, establece procedimientos engorrosos y dilatados, por lo que resultaría peor que el procedimiento de la nulidad al cual se recurre actualmente. Por influencia de la iglesia se ha rechazado, por la propia Corte Suprema de Justicia, el uso de llamada “píldora del día después”; por la misma presión no es posible regular el aborto, el que continúa clandestino con resultado de más de 150.000 muertes al año, casi no es posible educar sexualmente a los jóvenes en la educación media, etc.

Todavía en Chile existen los capellanes de regimientos, cuarteles, cárceles, etc., pagados por el Estado; aún en la inauguración de los sitios y edificios públicos es requerida la presencia de sacerdotes, etc, etc. Los más importantes medios de comunicación -prensa, radio, TV- o pertenecen a la iglesia o influye en las líneas programáticas, editoriales e informativas. Al Opus Dei pertenece la mayoría del reducido grupo de personas que realmente deciden en la economía del país.
Por lo dicho, nos parece tan relevante este Seminario que permitirá obtener información de buena calidad, comparar y contrastar experiencias y aprender formas de operacionalizar, particularmente en la educación, el laicismo con el fin último de formar niños y jóvenes libres, capaces de adoptar decisiones en su favor y en de la colectividad, capaces de escoger opciones aun las religiosas y respetuosos de las ideas de los demás y capaces de ser ganosos obreros para construir una sociedad en la cual la religión y sus iglesias no sean un poder ni una imposición, sino una forma de expresión espiritual y cultural que se practique en la conciencia, en la intimidad del hogar, en los lugares propios del culto y no en las instituciones que a todos pertenecen por lo que no deben estar influidas ni coaccionadas por religión alguna.
Nuevamente gracias a nuestros visitantes, también gracias a los participantes que han venido de provincias y a los que pertenecen a instituciones amigas que han aceptado nuestra invitación.
Éxito para todos.


Jorge Carvajal Muñoz
Gran Maestro
Rector Universidad La República
Presidente ILEC


Santiago, 11 de octubre de 2001

 

  

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