Colloque ILEC
8 octubre 2003 – Concepcion


Philippe Grollet
Presidente del "Centre d’Action Laïque" ( Belgica )

Gran Maestro de la Gran Logia de Chile y Presidente de ILEC
Señor Presidente de ILEC de Concepción
Señoras y Señores Rectores y profesores,
Señoras y Señores
Estimados Amigos


Con mucho gusto asisto con ustedes a esta nueva etapa de la construcción del ILEC.

Creada en Santiago en octubre de 1999, el ILEC organizaba, ya en colaboración con el Centro de Acción Laica de Bélgica un importante seminario en octubre del 2001.

Me hicieron un gran honor invitarme con una delegación del CAL para un segundo seminario en octubre de 2002.

En los meses que siguieron hemos tenido el placer de invitar a Bélgica, el CAL, sus sedes regionales, las casas del laicismo, las asociaciones laicas, los servicio laicos de asistencia moral, de planificación familiar, de reinserción social, etc.

Y hoy vamos a vivir un tercer seminario del ILEC, esta vez descentralizado, en esta hermosa región de Concepción… y son los cursillistas de ayer los que serán los animadores y los formadores de mañana dentro de una concepción perfectamente laica.


Estamos muy contentos y orgullosos de participar en esta aventura y quisiera a continuación, dirigirles en nombre de mis colegas belgas, los que están aquí este año y los que nos acompañaban en el 2001 y 2002 y en nombre de todo el laicismo belga nuestro saludo fraternal, nuestras felicitaciones para el trabajo que ustedes realizan y nuestros alientos para el futuro….


Me doy cuenta que el trabajo es enorme y que ustedes están en la confrontaci{on del dogmatismo aún muy poderoso de una Iglesia que no soltará la presa, especialmente en el tema del divorcio, que si ella allí está molesta por una relación de fuerza que la aleja del campo político o la dictadura la ha colocado injustamente….

Laicismo. ¿Una necesidad o una utopía de incrédulos?

Hay palabras que tienen éxito, <<laicismo>>, <<derechos del hombre>>, <<humanismo>> <<libre pensamiento>>, <<tolerancia>>… Estos términos que sentían el azufre hoy tan triviales que los adversarios han patentado valores que ellos subentendían no dudando en apropiarse paradójicamente evoluciones, incluso revoluciones, luego tan ferozmente deshonrados en su tiempo, sea para crear confusión, sea para desacreditar al adversario haciéndole creer que sus acciones son insignificantes o sobrepasadas.
se cubre con el manto de los derechos del hombre, como si la Iglesia que dirige los ha defendido cuando ellos aparecieron contra ella y que ella los combatió con una rara constancia hacia y contra algunos de sus hijos eminentes desde el Renacimiento hasta nuestros días.

Supongo que ustedes aquí como en Europa han escuchado palabras como <<cristianos>> o <<humanista>>, sería finalmente lo mismo, sí o sí

Para el libre examen y el librepensamiento, es parecido, hoy día es de buen gusto para todo católico <<en el viento>> de empezar por reclamar para sí, también el libre examen y el libre pensamiento

Sobre este tema se imponen dos observaciones

Primero es preciso ver en estas recuperaciones un hermoso homenaje a la militancia de los precursores de un número de reivindicaciones e ideas que no solamente conquista hoy la ciudad, sino parecían indispensables…. aún al precio de a veces engañoso….

Ahora bien, la <<conversión>> reciente de algunos eclesiásticos al libre examen ciertamente el laicismo no puede juzgársele a priori como una maniobra de tipo fáctica o como una gestión negativa…. Lejos de ser preciso de ellos y los “laicos de buen tinte”, los “comedores de cura” y los “ateos radicales” deberían recordarse a veces que el libre examen implica, para empezar, la crítica de la idea recibida, y la escucha atenta del otro, confrontadolo en su práctica. Tan sorprendente como esto parecer a ciertos partidarios del laicismo radical una institución tan libertaria como la Iglesia católica, con un pasado tan fuerte en crímenes contra el humanismo no es un universo de gran complejidad lleno de contradicciones, atravesado por luchas de influencias, querellas de escuela, y rica también de hombres y mujeres (en el poder solamente hombres por un tiempo aun), cuya generosidad, espíritu crítico y voluntad de construir un mundo de justicia, de libertad y paz, se transforman en aliados sinceros y eficaces. Estoy muy nervioso por conversaciones por estas conversaciones o de amigos laicos que descubren la apertura del espíritu de ciertos católicos, su libertad de costumbres, su distancia del dogma, su indiferencia hacia el magisterio. Su oposición al discurso del papa y su visión muy racional de un cristianismo liberado de su ideología “redentora” totalitaria y paternalista que termina por lanzar “pero ahora usted no es católico”. Y por lo tanto si es católico, el que se dice de buena fe católico y que se reconocía de esta tradición.

Y luego si es católico, el que se dice de buna fe católica y que se reconoce de esta tradiciónn, tan crítica puede quizas a su consideración y su salvaje adversario puede ser aun a la consideración de los que pretenden hablar en nombre de Cristo y que finalmente no son sino que impostores. Pues finalmente, la etiqueta « católico » no esta protegida y lo que no es también a los anticlericales pronunciarse en la plaza de Roma las excomunicaciones al pie del dogmatismo que rechazaba por principio. En resúmen, hay católicos abiertos, democratas y sinceros. Me parece que hay cada dia son mas y mas lo que está muy bien. Hay todo un camino a hacer con aquellos y el hecho que queden amarrados a una institución que ellos no tienen la impresión de poder transformar profundamente es secundario, aún en este punto, a mi modo de ver ellos se mecen en una cuna de ilusiones. En todo caso no hay que equivocarse de enemigo. El contrincante no es ni católico, ni protestante, ni musulman, ni religiones. El enemigo son los que intrumentalizan a Dios, son los integristas antes que nada que no pueden aceptar el pluralisme de convicciones y la diversidad de concepciones de vida.

No es casual si estas primeras palabras han dado mucho espacio al catolicismo. Como el protestantismo, como los derechos del hombre, el laicismo se construye al comienzo contra la pretensión de la Iglesia de regentar las conciencias y a reducir toda contradicción comprendida los hechos de sangre. Se cntinu{o hasta el final de la primera guerra mundial los sucesivos Papas no encontraron palabras duras para condenar y para proscribir esas «libertades funestas » y esas pretensiones «diabólicas «que hoy día denominamos libertad de conciencia, derechos del hombre y laicismo.

A sumergirse en los diccionarios

Laicismo proviene del griego «laicos » que quiere decir «del laos », la palabra «laos » quiere decir «pueblo ». En este sentido lo que es laico es lo que pertenece al pueblo o que proviene del pueblo por oposición a lo que pertenecía de los cleros o lo que provenía de ello.


En resumen, en un sentido etimológico, el laicismo es el bien común, la cosa o espacio público por oposición a lo que es del dominio de las oligarquías (oligarquías religiosas o de todo orden).

Se considera que el laicismo político, es el gobierno del espacio público por el público. De otra forma el gobierno del pueblo por el pueblo, aún sea la democracia… Con una particular connotación sin embargo, aquella que la historia de Francia nos ha legado bajo el nombre de «separación de la Iglesia del Estado » que no ha traído en definitiva otra situación que la de proclamar que una institución religiosa no tiene legitimidad para regentar el gobierno de sus fieles y menos aún el administrar el gobierno de todos aquellos que no se identifican con ella.

Una necesidad política

Hoy en día ¿quién pondría en duda que el laicismo político es una necesidad imperiosa?

El laicismo político es el de los Estados y las instituciones públicas en general.

Ya se ha visto a menudo que cada vez que un Estado se proclama «imperio sacro », «Reino Católico », «República Islámica » o lo que sea; ipso facto reprime a los ciudadanos de segunda clase, incluso a los enemigos interiores y a todos los habitantes que no se sienten identificados por esta definición.

Con el propósito de no violar constantemente el principio de igualdad o peor volcarse de nuevo a la barbarie; todo Estado y toda institución pública debe adoptar una imparcialidad absoluta con respecto a las diversas comunidades confesionales o no confesionales, culturales o étnicas que la componen.

Que se sea católico, libre pensador, musulmán, protestante, israelita, ortodoxo, budista, creyente, ateo o agnóstico, no importa. Todos somos ciudadanos que compartimos los mismos derechos y tenemos las mismas obligaciones; eso es el laicismo de Estado.

En definitiva así debería ser en todo el mundo.

Esto significa concretamente que el Estado y los poderes públicos deben asegurase que las convicciones religiosas o ateas permanezcan en la conciencia personal y que ningún ciudadano sea vejado, molestado, o discriminado. O en caso contrario que sea vea favorecido por ser o no ser creyente en Dios, o que sea adherente a alguna religión o simplemente a ninguna.

Esto también significa que el gobierno debe garantizar la libertad de consciencia y que debe ser un arbitro imparcial.

Esto implica que el estado no puede favorecer a ningún culto, ni a ninguna convicción y que si decidiera financiar la construcción y el mantenimiento de iglesias, sinagogas, templos, y mezquitas lo debe hacer sin marginar a nadie y sometiendo a todos los cultos a las mismas condiciones de acceso a subvenciones públicas directas o indirectas.

Esto quiere decir que si el Estado decide honrar a los representantes de algún culto, Cardenal, o arzobispo, el integrante por ejemplo de un protocolo oficial, debe hacer lo mismo con los representantes oficiales de otros cultos en un pie de igualdad, y los representantes oficiales del libre pensamiento de la misma manera.

Si el Estado decide impartir el ramo de religión católica en los colegios debe (en virtud del mismo deber de imparcialidad) organizar en condiciones idénticas cursos de las diferentes religiones practicadas en el país y es la evidencia misma de los cursos de moral fundados sobre una concepción filosófica no confesional, por consiguiente los cursos de moral laica (ya que esta concepción existe efectivamente aquí, como en otras partes) es una concepción perfectamente legítima… al menos también legítima como las concepciones morales fundadas sobre una enseñanza religiosa.

¿Una utopía de incrédulos?

El humanismo, lo es todo
Si la imparcialidad de los poderes públicos en materia de concepciones filosóficas y religiosas es una exigencia fundamental de la democracia para garantizar el espacio público, el compromiso filosófico y religioso tiene por supuesto toda su legitimidad en la esfera privada de las consciencias y en el debate de las ideas que no puede verse destinado a otras limitaciones que el respeto de la dignidad del otro.

Pues bien, no se «prohibe la permanencia » de un religioso en un espacio público. Lo importante es que la autoridad pública (por hipótesis salvaguardia imparcial del espacio público) se abstenga de teñir de religioso (o de antireligioso) los discursos oficiales o las actas de función pública. En el espacio público los discursos religiosos tienen lugar como cualquier otro discurso, pero no en la boca de la autoridad.

En el espacio público los discursos religiosos tienen evidentemente derecho de ciudadanía, el mismo título de un discurso religioso o antireligioso sin pretender sin embargo a ninguna protección ni estatuto particular. Una palabra enunciada en nombre de una religión queda sometida a análisis, a crítica; en este sentido el panfleto y la caricatura sin otras limitaciones que aquellas asignadas a todas las otras palabras en un Estado de Derecho que garantiza la libertad de expresión.

Pero en el espacio público, deben haber otros sectores diversos de pensamiento religioso Igual que los pensamientos inspirados por una concepción filosófica no confesional, es decir un acercamiento humanista que considera al hombre (y solo al hombre) para medirlo todo (Protagoras).

En el espacio público, debe haber evidentemente expresión de una moral laica fundada sobre valores humanistas que se pueda compartir con cristianos, israelitas, musulmanes y en general con los hombres de buena voluntad, pero los valores que, en una concepción filosófica no confesional, dejan completamente de lado (como erradas o simplemente no pertinentes) toda referencia extrahumana o sobrenatural.

El laicismo político, el laicismo de las instituciones, el laicismo de Estado es una exigencia de neutralidad al servicio de todos (religioso, agnósticos, ateos).

Es un imperativo de imparcialidad.

El laicismo de las personas, el laicismo como concepción de vida, el laicismo como acercamiento no confesional (agnóstico o ateo) de filosofía y de moral, es una ética de compromiso fundado sobre valores…

Los valores

• Libre examen
El libre examen es sin duda el primer y el más importante de los valores laicos. El libre examen se define como el cuestionamiento de las ideas recibidas y la negativa de aceptar que una autoridad, cualquiera que esta sea, pueda imponer las supuestas «verdades » indemostrables.

Antes de ser la afirmación de un derecho: Aquel con la libertad más completa de consciencia y aquel capaz de poner en duda y someter a crítica y a examen (libre examen) a toda propuesta y afirmación cualquiera sea su naturaleza (científica, teológica, filosófica, histórica)…

Antes de hacer una afirmación sobre este derecho de autonomia de pensamiento y este derecho de crítica intelectual…

El libre examen es primero la aceptación de una deber… aquel que pone en duda sus propios prejuicios, su propio conformismo, y sus hábitos mentales.

• Relativismo
Una de las consecuencias del libre examen y el pensamiento crítico es que lo absoluto no permite análisis.

No existe lo absoluto, no existe nada que sea puro, nada que sea perfecto, salvo en la imaginación o en el mundo virtual. Al saber que nada es perfecto, no existe nada que sea totalmente malo. En definitiva, el « bien » y el « mal » en si no existen y he ahí el comercio de las religiones que se van.

Pero si el relativismo es una de las consecuencias del libre examen, este relativismo queda como crítico y riguroso… este no puede conducir a una dimisión del pensamiento y de la crítica que consistiría en poner cobardemente las ideas, todas las proposiciones, todas las afirmaciones en un mismo saco catalogándolas todas iguales dentro de una indiferenciación dimisionaria o nihilista.

Autonomía, libertad y responsabilidad

Evidentemente el hombre es un ser social, lo que implica que no tiene existencia fuera de la sociedad humana. Esto no significa que, desde el punto de vista laico, sea la sociedad, la nación, la tribu, la familia o el grupo, los que dan sentido al hombre, sino más bien los hombres, todos los hombres y todas las mujeres.

Ningún argumento utilitario, ninguna consideración sobre la ignorancia, la incompetencia, la debilidad, la pereza, incluso el desinterés supuesto o probable de cualquier ciudadano, puede servir para justificar la renuncia a la búsqueda constante de una autonomía en aumento, tanto para sí mismo como para los demás, en el plano individual como en el colectivo. El derecho a la autodeterminación, el derecho a disponer por sí mismo, dentro de los límites de los derechos del otro y, en última instancia el derecho de disponer de sí mismo, es una consecuencia que el reconocimiento de la autonomía en el rango de valor. (sic)

Al igual que el libre albedrío, la búsqueda de autonomía es un ideal hacia el cual debemos tender, siendo completamente conscientes que no es posible erradicar todos los prejuicios y ejercer en todo momento un espíritu crítico asertivo. En este sentido la búsqueda de autonomía es más un paso, una concepción de vida, una manera de ser, más que una reivindicación...

La aspiración a más libertad, libertad de pensamiento, de libre albedrío, libertad de expresión evocadas en primer lugar, como así también la libertad de acción relacionada con el ideal de autonomía, está evidentemente ligada al concepto de responsabilidad. El binomio libertad- responsabilidad es la esencia misma del laicismo.

• Conquista de la ciudadanía

La conquista de la ciudadanía es una consecuencia inmediata de la voluntad de crear un espacio más grande de libertades y de responsabilidades.

La conquista de la ciudadanía es a lo social, lo que la conquista de la autonomía es a lo particular.

La ciudadanía, es por supuesto un asunto de democracia política, pero también es un asunto de compromiso personal y de asunción de responsabilidad en la cosa pública y en la gestión colectiva, tanto a nivel micro social (la pareja, la familia, el círculo de amigos, la empresa) como de comunidades sociales y políticas más amplias.

De la misma forma que el libre albedrío, la ciudadanía es tanto (sino más) una disciplina como una reivindicación, es ante todo, un compromiso y una toma de responsabilidades.

• Capacidad de rebeldía.

La sumisión, la resignación, el fatalismo, la aceptación de su propia suerte y la de los otros a nombre de un pretendido “orden de las cosas”, de la voluntad divina o de la maldición, no cuentan dentro de los valores laicos. Al contrario, la capacidad de rebeldía es citada a dicho título por Marcel Voisin en su obra “Vivir el Laicismo”...

• Rehabilitación del placer. Epicureísmo y educación sensual y afectiva

¿Es necesario rehabilitar el placer en una sociedad donde todo sería, al menos en apariencia, nada más que licencia, permisividad y una carrera desenfrenada por buscar los placeres inmediatos y artificiales?

Pienso que es necesario hallar un equilibrio entre dos actitudes tan perversas una como la otra: por un lado, la visión cristiana clásica que desvaloriza el cuerpo y el placer, sobre todo sexual (ya que éste último es solamente lícito cuando concurre a la procreación); y por otro la carrera por las sensaciones (condenadas durante mucho tiempo en nombre de Dios y brutalmente instrumentalizadas en nombre del Dinero)...

La paradoja resulta que por la acción de la Iglesia al constituirse, y continuar siendo aún en parte, un guardián mojigato, estableciendo prohibiciones tontas y brutales, es la fuente de muy graves desvíos. Al negarse a abordar la vida sexual y afectiva con simplicidad y franqueza y al cubrir al sexo con un velo de secreto, favorece la pedofilia y las violencias sexuales. Mientras que al otro extremo, la abolición de los límites y la sobreabundancia de estímulos, la búsqueda desenfrenada de las sensaciones más fuertes y más intensas, además sazonadas por un arsenal farmacéutico lícito e ilícito, terminan por matar el placer.

Ahora bien, es el placer que merece ser reivindicado, no el sofocamiento del placer en el mal sexo. Como cada uno sabe la pornografía mata el erotismo y el deseo por el hastío y la sobredosis.

Sin embargo, no se lucha contra la pornografía por lo prohibido, y mucho menos se aporta una solución al abuso de sustancias psicotrópicas a través de la prohibición. En uno y otro caso es la educación la que debe permitir actuar como adulto responsable y encontrar un equilibrio que serene y alegre.

• Igualdad

La célebre trilogía de las Luces, “Libertad-Igualdad-Fraternidad” es parte integrante, por supuesto, del patrimonio del laicismo, entendida como referente y no solamente como una modalidad de gestión del servicio público.

Extender el espacio de las libertades (se sabe que la libertad es un ideal inalcanzable) es el principio esencial que el libre albedrío, el espíritu crítico y el relativismo que surge, la aspiración a la autonomía de la persona, la conquista de la ciudadanía hasta la rebelión si es necesario, y por supuesto la rehabilitación del placer, conjugan el primer elemento del trinomio.

El principio de igualdad que desemboca lógicamente sobre aquel de “ no-discriminación ”, no es menos esencial.

El principio de igualdad y su corolario de no-discriminación se abren naturalmente sobre el principio de tolerancia o de alteridad, sobre la solidaridad y la exigencia de justicia.

• Tolerancia o alteridad

¿Tolerancia o alteridad? Personalmente, yo prefiero alteridad. No porque la tolerancia no sea un valor laico fundamental, sino porque el sentido de esta palabra es a menudo distorsionado hasta llegar a servir de refugio al pensamiento único.

Para muchos, la tolerancia sería la aceptación de todas las ideas y sus contrarias. Para esos “ tolerantes”, el “intolerante” es aquél que desentona, aquél que critica y evidentemente aquél que polemiza o que ironiza.

Por una curiosa alteración de concepto, un mundo tolerante sería por lo tanto, un mundo donde todo el mundo pensaría parecido o un mundo donde aquellos con un pensamiento crítico, divergente, o disidente tendrían el buen gusto de callarse, porque criticar el pensamiento del otro sería faltar a la tolerancia. Los círculos “bien pensantes” son campeones de este género de aforismo. Es por eso que tener un discurso anticlerical, o sea negar al clero mezclarse con lo que no le incumbe, es también un acto de intolerancia.

Recordemos que la tolerancia es el respeto por la persona que piensa o que actúa “de otra manera”. Es la escucha de esta persona, es el reencuentro del otro en lo que es “diferente”. Esta es la razón por la que me parece que el término “alteridad” refleja mejor este valor esencial.

La tolerancia o la alteridad sólo tienen evidentemente sentido y alcance cuando el “ otro” es diferente y cuando esta diferencia comporta un cuestionamiento. En tanto que el otro se me parezca, de manera natural o por voluntad de parecerme, la tolerancia no tiene objeto.

La tolerancia o la alteridad comienza a tener sentido cuando este “otro” invade mi propio espacio con un “look” que no es el mío, con una manera de vida diferente y con convicciones que se oponen a las mías.

El debate nace, entonces, del choque de personalidades, de culturas y de ideas, entre actores prendados por la tolerancia o la alteridad. Y es justamente este choque de personalidades, de culturas y de ideas el que puede desembocar en un progreso, en un aporte recíproco enriquecedor para todas las partes, sin que ninguna haya, por lo tanto, perdido su personalidad, su identidad, sus raíces, su cultura y ni siquiera sus convicciones, incluso si algunas de éstas pudieran ser atenuadas, modificadas, trastornadas, anuladas o por el contrario depuradas o reforzadas.

Evidentemente, respetar a otra persona no quiere decir respetar sus ideas. A menudo, nos olvidamos que las ideas no son hechas para ser respetadas, sino debatidas y algunas veces combatidas.

Una sociedad tolerante, es una sociedad pluralista, donde coexisten hombres y mujeres de culturas, convicciones y concepciones de vida diferentes. Una sociedad tolerante es una sociedad de debates permanentes, de críticas, de controversias, de intercambios y también de enfrentamientos intelectuales vigorosos. La paradoja es que a menudo el discurso disonante y molesto, la intención ácida que viene a perturbar las certezas admitidas y que es juzgado de intolerante, como si la tolerancia fuera evitar criticar y callar las contradicciones. Es así como el anticlericalismo es muy rápidamente catalogado de intolerante y con mayor razón, los conceptos, como antirreligiosos: como si cualquier necedad teñida de agua bendita se beneficiara de una suerte de inmunidad intelectual, que la pusiera fuera del alcance del campo crítico. Ahora bien, con qué rimaría la tolerancia, cuál seria el sentido y el alcance si ella pasara en definitiva a descalificar a priori lo que es disidente o no conformista.

¿Una sociedad tolerante tiene el deber de dejar decir todo? Es el difícil problema de los límites a la libertad de expresión. Evidentemente hay limites. La incitación al odio, el llamado a matar, el ataque a la dignidad de la persona, la afrenta injusta a su honor, son, evidentemente intolerables. Y esta reflexión abre el difícil debate acerca de los limites a imponer a los integristas y a los racistas en su propaganda de odio.

Por supuesto, si la tolerancia implica respetar a la persona que actúa diferente, ésta no equivale de ninguna manera aprobar por adelantado cualquier comportamiento, ni tampoco aceptarlo si el mismo significa una afrenta a otros derechos. Si bien la infibulación forma parte de ciertas tradiciones diferentes, el reconocimiento de dichas tradiciones, el respeto debido a las personas que las reconocen y el reencuentro del otro, no justifican en nada la admisión de una práctica mutiladora que atenta definitivamente a la integridad física de las mujeres que son sometidas a ella.

Solidaridad y exigencia de justicia.

La solidaridad y la exigencia de justicia son evidentemente valores laicos. No tienen nada que ver con la caridad evangélica que se sirve perfectamente de las injusticias que la caridad tiende tan sólo a hacerlas soportables a través del buen samaritano que a un bajo precio se compra una buena conciencia.

Hijas de la igualdad y del humanismo, y hermanas de la capacidad de rebeldía, la solidaridad y la exigencia de justicia tienden a la construcción de un mundo más humano...

***
¡El laicismo de las personas, el laicismo como concepción de vida, el laicismo como acercamiento no confesional (agnóstico o ateo) de la filosofía y de la moral, el laicismo es una ética de compromiso fundada sobre valores... los que acabamos de mencionar... Vale reflexionar acerca de la exigencia que imponen estos valores!

La idea de que no habría una moral sin Dios es una enorme tontería...

Pero la idea de que la espiritualidad, o sea la búsqueda del sentido sería necesariamente el fruto de un camino religioso, no es menos tonta.

Dar sentido...

Las circunstancias de la vida han hecho que yo perdiera mi madre hace apenas algunos días y que sus funerales fueran mi última preocupación antes de tomar el avión para Chile.

La muerte de un ser querido nos enfrenta necesariamente a nuestra propia muerte.

La muerte nos enfrenta a nuestra impotencia a vencerla y a lo absurdo de todo lo que nosotros podemos decir, pensar o creer frente a este fin ineludible, definitivo e inapelable.

Para aquellos que no tienen el consuelo de imaginar una improbable resurrección y que la perspectiva de reencuentros en otro mundo deja completamente incrédulos, están llamados a afrontar esta tragedia sin falsas expectativas.

Todos nosotros estamos destinados a desaparecer y nadie sobrevivirá. Ni aquí ni en un paraíso imaginario. Los hombres mueren. Las civilizaciones mueren. Las religiones mueren.

¿Qué quedaba de la religión del antiguo Egipto cuando fueron redescubiertas en el siglo XX las Pirámides y el Valle de los Reyes?. A pesar de que esta religión estuvo viva durante más de cuatro mil años... más del doble de la historia del Cristianismo. ¿Qué queda de la religión de los Griegos y de la de los Romanos, sino tan solo recuerdos? ¿ Qué queda de la religión de los celtas? ¿ Qué queda de tantas religiones animistas?.

La tierra misma y el sistema solar completo morirán. A otra escala, ellos también son mortales.

Pero qué sentido tiene entonces esta vida, siempre demasiado corta, siempre tan incompleta.

Pero qué sentido tiene entonces esta vida destinada a sernos arrancada.

Para un libre pensador, el sentido de la vida no es buscar una trascendencia cualquiera.

El sentido de la vida no es impuesto. No es dado tampoco. El sentido de la vida es el que el hombre o la mujer elige para sí mismo.

El sentido de la vida reside en lo que cada uno de nosotros puede dar y recibir.

Y particularmente lo que puede dar.

Dar a su prójimo, a la compañera o al compañero de su vida, a su familia, a sus amigos y, si él puede, a la patria.

Todo lo que quedará, no fundido en el bronce ni grabado en el mármol.
Todo lo que quedara en la memoria colectiva o individual

Pero no es necesario esperar la muerte de un ser querido o de enfrentar la proximidad de su propia muerte para cuestionarse sobre el sentido de su propia existencia. Hacerse la pregunta y responderla. Por una respuesta personal y por compromisos concretos.

La moral laica, es esto también.